Los habitantes de Santiago llevan años cruzando la Plaza del Obradoiro bajo la mirada de los turistas extraviados, pero cada vez son más los que han decidido buscar una nueva meta: aprender inglés en Santiago de Compostela. Sí, aprenderlo —y además hacerlo bien, que no es poca cosa—, porque ya no basta con decir “my tailor is rich” para impresionar en una entrevista de trabajo, ni tampoco confiar en que los “guiris” entiendan tu gallego-inglés. Los tiempos cambian, y la globalización exige más que la pronunciación valiente de cuatro frases sueltas.

El gran problema está en que, tras años de luchar con verbos irregulares y phrasal verbs dignos de un acertijo, muchos acaban repitiendo los mismos errores: apuntarse a la academia más cercana y, tras tres meses, preguntarse por qué demonios no fluyen las palabras cuando un turista pregunta por la ruta al Monte do Gozo. Porque aprender inglés, como descubrir el mejor pulpo á feira, exige dedicación, estrategia y, sobre todo, motivación.

Aquí hay algo que nadie te cuenta durante el primer día de clase: los métodos milagrosos no existen. Sí, suena bonito eso de “aprende inglés mientras duermes” o el mítico “domina la lengua de Shakespeare en dos semanas”, pero la realidad es más parecida a una peregrinación con ampollas que a una autopista sin baches. Lo que sí es cierto es que tu día a día te ofrece un sinfín de oportunidades para practicar y asimilar. Basta con cambiar la configuración del móvil, ver series en versión original aun a riesgo de no pillar ni media palabra los primeros capítulos, o incluso suscribirse a canales de YouTube en los que algún nativo te explique, entre bromas y té, cómo no sonar como un robot leyendo instrucciones.

Por supuesto, nadie que viva en una ciudad como Santiago puede quejarse de falta de recursos para evolucionar con el idioma. Desde intercambios de conversación en pintorescos bares hasta grupos de «language exchange» en las cafeterías de la zona vieja, todo suma. Y sí, puede que al principio no sepas si pedir un “coffee” o un “decaf”, pero la cuestión es atreverse a dar el paso y meter la pata más veces que una gallina que aprende a bailar salsa.

Si la motivación es la chispa, la constancia es ese carburante que no puede faltar en tu camino hacia el aprendizaje. No vale de mucho estudiar un fin de semana intenso tras ver Love Actually y luego olvidarse el resto del mes. El verdadero avance llega cuando dedicas un rato diario, aunque sea breve. Muchos gallegos descubren en su trayecto al trabajo, entre las piedras húmedas y el aroma a eucalipto, que unos minutos de podcast en inglés pueden cambiar la manera en que percibes el idioma. Descubres que “weather” se pronuncia como si tuvieras un cacahuete en la garganta y que, sorprendentemente, existen más de cinco formas para pedir una cerveza.

El humor, además, se convierte en un gran aliado. No hay mejor manera de memorizar expresiones que asociarlas con alguna anécdota divertida, aún si esa anécdota tiene que ver con confundir “sheet” con “shit” delante de tu profesor más serio. Al fin y al cabo, aprender es tropezar, equivocarse y, sí, reírse mucho de los lapsus propios y ajenos.

La tentación del traductor automático es tan grande como el apetito a la hora del vermú, pero depender de él es algo así como entrenar para la maratón… montado en taxi. Utilizarlo como apoyo está bien, aunque resulta esencial lanzarse a construir frases por uno mismo, meterse en líos gramaticales y abrazar el caos lingüístico con optimismo. Pídete un “sándwich de jamón y cheese” una y otra vez hasta que te salga natural. A nadie le importa tu acento (y si le importa, probablemente es porque jamás intentó pronunciar “santiagoés” en la vida).

Finalmente, la clave está en transformar el inglés en una parte más del paisaje compostelano, como la niebla matinal o el rumor incansable de las gaitas. Aprender un idioma significa abrir puertas, conectar con historias y personas increíbles que jamás conocerías si te quedaras en tu zona de confort lingüístico. Quizá el siguiente peregrino al que ayudes sea canadiense, o conozcas a tu próximo jefe en una charla sobre literatura anglosajona en la Alameda, o te justo toque salir campeón del trivial en versión bilingüe. Todo es posible cuando decides apostar en serio por comunicarte, equivocarte y, sobre todo, disfrutar en el proceso, tal y como se saborea una buena tapa tras una larga jornada gallega.