Aterrizar o despegar en Gran Canaria siempre tiene algo de ritual magnético. Es esa frontera constante entre la aridez volcánica, el rumor salino del Atlántico y el soplo incesante de los vientos alisios que bajan peinando la costa este de la isla. Sin embargo, quienes viajamos con asiduidad por motivos de trabajo o escapadas largas sabemos de sobra que el verdadero viaje nunca empieza en la puerta de embarque, sino en ese instante pragmático en el que apagas el contacto del coche y te aseguras de que queda a buen recaudo. En mi última salida desde el aeropuerto de Gando tuve la fortuna de estrenar las instalaciones renovadas de su aparcamiento, y la experiencia transformó por completo el inicio de mi ruta.
Durante años, dejar el vehículo en las inmediaciones de la terminal era un ejercicio de rutina no exento de pequeñas fricciones: pasillos algo oscuros, señalización gastada por el salitre y la eterna duda de si encontrarías una plaza desahogada en las horas punta de los vuelos interinsulares y las conexiones europeas. Por eso, enfilar el desvío desde la GC-1 y descubrir la remodelación del edificio de aparcamiento fue una sorpresa mayúscula.
Desde la misma barrera de entrada se nota el salto adelante. El sistema de lectura de matrículas funcionó de forma instantánea, sin necesidad de pelear con tiques de papel arrugados ni estirar el brazo de mala manera por la ventanilla. Al cruzar hacia las plantas de Parking Aeropuerto de Las Palmas, lo primero que agradecí fue la sensación de amplitud y luminosidad. Las nuevas plazas, notablemente más anchas y delimitadas con pintura impecable sobre un pavimento continuo sin baches ni desniveles, eliminan de un plumazo el temor habitual a que el conductor de al lado golpee tu puerta con la maleta al bajar.
El guiado inteligente por sensores luminosos en el techo te lleva directo a los huecos libres sin dar vueltas erráticas entre columnas. Aparqué en cuestión de dos minutos, apagué el motor y me tomé unos segundos para respirar. Estrenar una infraestructura pública de este nivel transmite una tranquilidad casi terapéutica: iluminación LED uniforme, cámaras de videovigilancia de última generación en cada cruce de pasillos y accesos peatonales impecables con ascensores rápidos que huelen todavía a nuevo.
Sacar la maleta del maletero y enfilar la pasarela cubierta que conecta de manera directa y fluida con el vestíbulo de facturación se sintió más ligero que de costumbre. Ya no había que sortear bordillos incómodos arrastrando las ruedas sobre asfalto rugoso ni lidiar con las rachas de viento cargadas de polvo mientras cruzabas a la intemperie. En apenas cinco minutos a pie me encontraba frente a los mostradores, con tiempo de sobra para tomarme un café con calma antes del control de seguridad.
Dejar el coche atrás mientras subes la rampa mecánica suele generar un leve pellizco de preocupación residual. Esta vez, al volver la vista hacia el ventanal y ver la silueta limpia del aparcamiento recortada contra el cielo canario, solo sentí sosiego. Saber que tu vehículo te espera en un espacio moderno, seguro y concebido para hacerte la vida fácil es la mejor manera de volar con la mente completamente libre.
