Justo cuando el verano comenzaba a mostrar su rostro más intenso en Santiago de Compostela, el primo encontró su nuevo dominio no bajo el sol que doraba las piedras de la Quintana, sino en el corazón subterráneo de la ciudad: un aparcamiento. Para muchos, empezar a trabajar en un parking Santiago de Compostela podría parecer un hecho monótono, pero para él, se convirtió en una atalaya insólita desde la que observar el pulso constante de la capital gallega.
Su puesto de trabajo, una cabina de cristal y metal enclavada en el primer sótano, se transformó en su particular observatorio. Las primeras jornadas fueron un ejercicio de adaptación al eco perpetuo, al murmullo de los motores y al olor a hormigón y neumático. Aprendió a descifrar los ritmos del lugar: la avalancha de coches a primera hora de la mañana con trabajadores y recaderos, la calma tensa del mediodía, y el goteo incesante de turistas y peregrinos por la tarde, que dejaban allí sus vehículos como quien abandona por unas horas las ataduras del mundo moderno para perderse en el laberinto de piedra del casco histórico.
Desde su puesto, veía desfilar un mosaico de la humanidad. Observaba las matrículas de geografías lejanas, las familias que sacaban con esfuerzo los carritos de bebé, y a los peregrinos que, con una mezcla de alivio y cansancio, se calzaban zapatillas cómodas tras dejar el coche, listos para el último tramo a pie hasta la Catedral. Se convirtió en el guardián de pequeños secretos y rutinas: el abonado del 3B que siempre aparcaba en la misma plaza, la pareja de turistas que discutía sobre cómo funcionaba el cajero automático o el estudiante que apuraba un cigarrillo en la rampa antes de subir a sus clases.
El exterior solo se le revelaba a través de las sensaciones. El calor sofocante del asfalto que bajaba con cada coche en los días de agosto, o el repentino aroma a tierra mojada que anunciaba una de esas tormentas de verano tan compostelanas. Aunque su mundo era de luz artificial y líneas pintadas en el suelo, se sentía una pieza útil en el complejo engranaje de la ciudad. Era el primer y último rostro que muchos veían en su visita al corazón de Santiago, un discreto facilitador que, desde las entrañas de Compostela, ponía en marcha el ir y venir de sus historias diarias.
